domingo, 22 de enero de 2012

Momentos estelares de la egiptomanía en el cine


artículo antiguo 2007
Desde la época napoleónica, Occidente se ha sentido fascinado por el antiguo Egipoto, la mayor civilización jamás conocida, una fascinación a la que el cine no podía ser ajeno.

Muerte en el Nilo
Aunque Egipto era el mayor museo en vivo creado por el hombre, durante siglos las diferentes civilizaciones que le sucedieron, exceptuando quizás los griegos que fueron también durante todo ese tiempo las fuentes más amplias y fidedignas (tanto era así que con ocasión de la apertura del Canal de Suez, el gobierno español envió a un especialista en Herodoto porque era los más aproximado a un egiptólogo que tuvieron a la mano), no fue hasta la Ilustración, o sea hasta finales del siglo XVIII, que la percepción comenzó a cambiar. Como ha escrito Christian Jacq: ”Desde la conquista de los árabes en el siglo VII después de Cristo, la escritura jeroglífica era una gran muda”. Dejará de serlo en 1799, diez años después de la toma de la Bastilla, cuando con ocasión del pasaje colonial –pero también científico- de tropas de Napoleón, con éste al frente, que tendrá lugar el hallazgo de la piedra Rosetta, y de su ulterior y deslumbrante traducción por parte de Jean-François Champollion (1790-1832), una mente privilegiada quepuso fin a un enigma, e inicia la egiptología moderna. Éste apartado de la biografía napoleónica se encuentra presente en la ambiciosa producción televisiva dirigida por Ives Simoneau, Napoleón, e interpretada por Christian Clavier y varios actores famosos como John Malkovich o Isabelle Rossellini.
Sobre este primer momento estelar que cautivó a científicos y artistas, el cine cuenta con una película desigual pero de indudable importancia, Adiós Bonaparte (1995, Francia-Egipto), que se inscribe en los primeros tiempos del gobierno de François Miterrand, y fue dirigida por el más veterano y prestigioso de los directores egipcios, Youssef Chahine (1926), nacido en Alejandría en el seno de una ilustrada familia católica de origen libanés. Muy ligado a la mejor época del cine realista y avanzado de la época de Nasser, Chahine es undesconocido por estos lares fuera de los ámbitos especializados, aunque al menos ha estrenado recientemente una evocación biográfica del celebre médico y erudito musulmán andaluz Averroes del siglo XII, El destino (1999, Egipto-Francia). En Adiós Bonaparte ofrece una panorámica bastante completa de las auténticas intenciones napoleónicas, de manera que los mercenarios mamelucos otomanos aparecen como los verdaderos protagonistas del viaje, por encima de los ilustrados y al margen de las opiniones y el interés –indiscutible- de las tareas de éstos. Presentada en la Selección Oficial del festival de Cannes de 1985, la película no obtuvo la resonancia esperada a pesar de sus parciales aciertos. De hecho Chahine ha dado lo mejor de sí mismo en historias actuales y pequeñas.



Adiós...comienza el 1 de julio de 1798 con el desembarco de las tropas francesas en Alejandría que acompañaban al emperador y a la expedición científica, aunque sus finalidades eran de signo muy diferente. La familia protagonista reacciona de diferentes maneras. El padre, que es panadero, prosigue su trabajo como si no fuera con él, el pan siempre será necesario. La madre, una mujer tradicional, está preocupada por lo que ve venir. De los tres hijos, el mayor, Bakr, es un jeque musulmán casado y rechaza la ocupación en nombre de unas tradiciones que, Aly el inquieto poeta ve como trasnochadas. Yehia, el más joven, se relaciona con los franceses, con militares (interpretados por dos “monstruos” del cine y la escena francesa, Michel Piccoli y Patrice Cherau). Los acontecimientos se precipitan, y la familia tiene que huir de su casa para instalarse en la de unos familiares en el Cairo. Pero la capital es invadida por los Mamelucos y la resistencia popular se organiza rápidamente, igual que había ocurrido, naturalmente con las diferentes características nacionales, en España, Rusia o Italia. Los problemas de los “afrancesados” son muy similares, rechazan el conservadurismo propio, pero ocurre también que bajo el manto de la “exportación” de la revolución, se esconde una auténticaocupación colonial, de manera que todos los hijos del panadero se ven obligados a asumir un papel patriótico.



Seguramente, Aly habría firmado las opiniones de nuestro Miguel de Unamuno, criticando a la vez el patriotismo y el afrancesamiento: que se queden las ideas –de las Ilustración-, que se vayan los ocupantes.



Otro momento estelar de la fascinación egipcia fue sin duda la construcción del Canal de Suez, obra del arquitecto y diplomático francés, Ferdinand Lesseps (1805-1894), que se había granjeado las simpatías de la corona egipcia por su intervencióndurante la peste desencadenada en Alejandría (1834-35). Durante el espacio de una década (1859-1869), Lesseps fue el responsable de la consecución de un viejo sueño, la construcción del más célebre canal junto con el de Panamá, en el que también intervino como parte de una trayectoria política muy ligada al Imperio, pero también influenciada en parte por las ideas socialutópicas de Saint-Simon. Este pasaje marítimo impuesto a la naturaleza gracias a una descomunal obra de ingeniería conecta el Mar Rojo con el Mediterráneo, y Egipto con Europa. También creó las condiciones para un nuevo “descubrimiento”, esta vez mucho más popular,de este arcaico país que se convirtió desde entonces en una de las metas preferidas del turismo internacional. Este emblemático acontecimiento de la expansión del capitalismo tiene su retrato oficial efectuado por Hollywood, concretamente en la muy popular Suez (1938, Fox) todo un clásico “biopic” en el que Ferdinand Lesseps (un joven y alborozado Tyrone Power) es un idealista sin mácula, un héroe capaz de enfrentarse contra viento y marea con tal de contribuir a una causa sagrada cuyas motivaciones de fondo se diluyen. No olvidemos que, a pesar de su dimensión idealista, Lesseps fue un ambicioso-, pero tanto un aspecto como quedan debidamente ocultos.
Suez está influenciada por el gran éxito de su antecesora directa, San Francisco (W.S. Dyke, USA, 1936), un “colosal” muy popular que inauguró una breve moda catastrofista. El film cuentacon escenas espectaculares, en particular con una impresionante tormenta de arena, que, entre otras dificultades, está a punto de dar al traste a la construcción del canal. Afortunadamente, Lesseps cuenta en esta empresa con el apoyo incondicional de su parienta, la emperatriz Eugenia de Montijo, (por cierto: una reina francesa “muy española” consagrada por nuestra historia monárquica oficial y a la que el franquismo le dedicó al menos un par de sus inenarrables películas que combinan la exaltación patriótica con la cursilería;por cierto, Doña Eugenia protagonizó un triste episodio con el egiptólogo Mariette al que trató de obligar a hacer un montaje arqueológico para su capricho imperial).Eugenia fue encarnada con su habitual saber hacer por la brillante pero almibarada Loretta Young, que bordaba este tipo de papeles de “mujer con clase”. Eugenia como señora del dictador Louis Bonaparte (Henry Stephenson), se empeña a fondo para interceder a favor de Lesseps en medio de diversas intrigas palaciegas en las que no queda claro que el último Napoleón era un tirano. Eugenia parece enamorada de Lesseps quien también lo está de una audaz muchacha lugareña (la vivaz Annabella). El sonriente Lesseps se debate entre una y otra transcurren los conflictos entre reaccionarios y liberales con una difusa descripción de la revolución de 1848, difuminada detrás de los problemas de los consortes reinantes, y en el caso de la emperatriz, de subrayar las bondad de sus intenciones, además de un vestuario que debió deslumbrar a las damas de sociedad del momento. Involuntariamente ridícula en el ámbito social y político, despreocupadamente paternalista en la relación con las obsequiosas autoridades egipcias que -por supuesto- se muestran muy agradecidas,
El siguiente fue gran momento fue producido por la noticia, aparecida en las portadas de los diariosen 1922, del descubrimiento de la tumba de Tutankhamón, una auténtica aventura que creó una expectación inusitada alrededor del Antiguo Egipto. De esta manera culminaba toda una épica de aventuras arqueológicas verdaderamente impresionante que atraviesa los siglos XIX y parte del XX. El minucioso relato de Howard Carter sobre sus excavaciones contiene un material argumental de primera magnitud para el cine, no obstante, el listado deaventuras arqueológicas en Egipto apenas si dará pie a unos pocos títulos del género de aventuras, dos de los cuales serán protagonizados por el mismo actor: Sparling Arlington Brugh (1911-1969), mucho más conocido como Robert Taylor que prestó su sobriedad cansada a sendos arqueólogos.



Primero en El valle de los Reyes (1954, Robert Pirosh, MGM), donde encarna a un tal Mark Brandonque conoce toda clase de vicisitudes acompañado por la estupenda Eleanor Parker más el galán argentino Carlos Thompson, Víctor Jory y el normalmente perverso Kurt Kaznar. Lejanamente inspirada en el famoso libro de Ceram, Dioses, tumbas y sabios, lo mejor de la función es, fuera de toda duda, la música del gran Miklos Rósza.Obra de un cineasta (mucho más reconocido como guionista) cuya realización más valorada sería ésta, este título no alcanza la categoría de otros del gran cine de aventuras que de la época que, entre otras cosas, había puesto de moda de nuevo a Robert Taylor (sobre todo con Ivanhoe). Con todo, fue todo un éxito en los Estados Unidos. Desde una visión lejana el que esto escribe ha retenido la grandeza de los escenarios naturales, y apenas nada sobre una oscura trama en la que la disputa de un tesoro y la rivalidad amorosa van de la misma mano, todo con la finalidad de consagrar la verdad arqueológica de la presencia de José en Egipto, y de su grandeza al parecer ocultada, justo lo contrario de lo que realmente ocurrió: la arqueología comenzó buscando entre las piedras la verdad revelada, y se encontró con otra que no lo era, es más, que la precedía y la acondicionaba.



Más tarde en la olvidada coproducción hispanoitaliana El secreto de la esfinge (1968, Luigi Scattini),que Taylor ya al borde de la muerte,protagonizó acompañado por la exuberante Anita Ekberg (amén de los habituales en estas lides Angel del Pozo y Giacomo Rossi Stuart). Su misión era dirigir una expedición “de varios aventureros de distinto sexos y nacionalidades, a la búsqueda de la tumba del faraón Aposis, que según la leyenda, vivió varios siglos, conservado en el cuerpo de una esfinge de cristal”(Aguilar, 1997). Antes, el mismo Taylor ya había vuelto de turistaa Egipto de la mano de Richard Thorpe en un policiaco llamado Tip o­n a Dad Jockey (1957), que en francés se llamó Contrabande au Caire, y que a pesar del vistoso reparto (complementado por Dorothy Malone, Gia Scala, Martin Gabel y Marcel Dalio), una producción MGM que aquí no nos llegó (aunque tampoco nadie la echó de menos).



Muchos peldaños por arriba uno de los mayores éxitos del cine moderno amén de un poderoso incentivo para la imaginación egiptológica entre las nuevas generaciones:En busca del Arca Perdida (1981, Paramount), es unacuidadísima producción de “marketing” animada por Steven Spielberg con el que alguno de los “jóvenes turcos” del penúltimo cine norteamericano (George Lucas, Lawrence Kasdan, Philip Kauffman, etc), plasman a ritmo de vértigo sus ensoñacionescinéfilas, recuperan la espectacularidad del cine clásico de aventuras (aunque no su alma), y se desplazan por territorios míticos buscando tesoros aztecas, y sobre todo sobre el Egipto descrito por Howard Carter para llegar a las excavaciones de la ciudad de Tanis que fue arrasada en la antigüedad por un temporal de arena que se prolongó durante todo un año.



Allí Indiana Jones (Harrison Ford), se empeña en encontrar nada menos que la pista del Arca de la Alianza en competencia con un grupo de repulsivos nazis, no menos convencidos de sus poderes ocultos, tan ocultos que ni tan siquiera lo sabían los redactores bíblicos. Al acabar, como si se de la venganza del Yhavé contra los responsables de la “Solución Final”, el Arca muestra sus poderes eternos arrasando a los nazis mientras que Indiana y la pequeña Karen Allen se salvan cerrando los ojos.Indiana Jones es el más singular de los arqueólogos, un experto de primera que no pierde un minuto de su tiempo hablando con las piedras o sudando las excavaciones. Busca y encuentra, no ya unas piezas excepcionales sino el símbolo de la “alianza” de Yhavé con Israel. La diversión está garantizada, aunque vista con mayor tranquilidad se echa de menos un poco de mayor calado en unas personajes que acaben siendo monigotes al servicio de la acción. Cierto, las escenas en Egipto son las más atractivas, aunque sus consecuencias han sido la creación de una suerte “escuela” de Indiana Jones que ha ampliado todavía más el campo de los buscadores de “claves” maravillosos,y que incluso cuenta con su correspondencia “erudita” sustentada en obras de cierto éxito, como la de Graham Hancock, Símbolo y señal (Plaza&Janés, Barcelona, 1989), en la que se habla del descubrimiento del paradero del Arca de Alianza en un remoto lugar de Etiopía.



Entre un cierto listado de cine que cuenta con el trasfondo del Antiguo Egipto como una escenario excepcional, podemos distinguir una atractiva lo ofrece la segunda versión de Muerte en el Nilo (1978, John Guillermin), todo un éxito en su momento. Típico film modelo de corrección británica, la trama basada en Poirot en Egipto de Agatha Christie, resulta ser una cumplida visión turística por las pirámides al tiempo que se ofrece una reelaborada trama criminal adaptada por el interesante escritor Anthony Shaffer (La huella) que le confirió un leve toque anticolonialista, ytrató con más respeto al personaje del marxista Jim Fergusoncontra el que la autora se cebaba en el original. En el marco de un cruce a través del Nilo, y de escenas en medios de escenarios monumentales, la película está justamente considerada como la mejorde la saga, y goza de un reparto afamado (Bette Davis, David Niven, Mia Farrow, Jane Birkin) con un perfecto Peter Ustinov al frente. La música de Nino Rota es un acompañamiento de primera. Vista sin prejuicio es un regalo.



Con ocasión de la polvareda suscitada por las revelaciones encontradas en la tumba de Tut-Ank-Amón o Tutankamen, reaparecieron las viejas leyendas entorno a las maldiciones egipcias, y no solamente como expresión de una imaginería literaria ligada a la fecunda matriz de la novela gótica, o a las atribuciones mágicas que se otorgaba a las momias egipcias, sino también en las opiniones propiasciertos escritores británicos de renombre. Ocurrió que la muerte del compañero de Howard Carter, Lord Caverdon, que estaba perfectamente anunciada, no en vano el meticuloso aristócrata se había trasladado a Egipto, justamente porque los médicos le aconsejaron un cambio de aire. Pero la fe en la “maldición” llevó a mucha gentea interpretar su fallecimiento como un efecto de ésta.La advertencia llegó desde la pluma de la (entonces) muy popular escritora, y especialista en obras de (dudosa) divulgación científica, María Corelli, que en una carta al The Times escribió que ya diversos sabios árabeshabían señalado los peligros que comportaba la profanación de las tumbas de los faraones. En defensa de la Corelli salió nada menos que Arthur Conan Doyle que entonces estaba especialmente interesado en el espiritismo, del que, por cierto,se puede encontrar un eco de su pasión porel Antiguo Egipto en una de sus novelas más conocidas: El lote nº 13.



Una película bastante reputada en este ámbito es la notable El secreto de la pirámide (1986, Barry Levinson, Paramount), producida por Steven Spielberg y en la que se juega sobre una apócrifa aventura de Sherlock Holmes y Watson aún adolescentes inspirada en parte en este título, y que conecta con esta dimensión esotérica inspirada en indescriptibles alucinaciones egipcias. De lo que no hay duda en todo esto es sobre lo lícito de la utilización de estas “maldiciones” para un imaginario literario de primera calidad.



La “maldición” de momias y faraones llegó también al extremo de planear en la prensa y en el estupor popular de la época sobre el hundimiento del Titanic, del que se llegó a decir que fue producido por una momia que llevaba, cuando en realidad no era más que el simple sarcófago de un faraón.Todo este ambiente tomó su forma más convincente y atractiva en el mito de una momia (“no muerta”, como Drácula), un símbolo de la antigua cultura egipcia que todavía impresionaba vivamente a los lugareños que se tomaron el pasaje de las momias que transportaba el equipo de Howard Carter a través del Nilo con reacciones de llantos, lamentos y gritos de plañideras. Algo de este sentimiento primaba durante la Edad Media y el Renacimiento, alquimistas de diversa laya llegaron a pretender que del polvo de su trituración permitía producir remedios terapéuticos Todo un mundo sobre el que se nos informa con una impresionante documentación, Bob Brier en Momias en Egipto (Edhasa, Barcelona, 1996). Por más que existan otras grandes culturas con similares tradiciones momificadoras, ninguna ha alcanzado la perfección, ni el mismo impacto sobre el imaginario colectivoque las egipcias sobre las que se vuelve una y otra vez en las investigaciones, y también en el cine aunque primero fue en la literatura, concretamente con Al pie de la momia, del francés Teophile Gautier (famoso autor de El capitán Fracasa) y con La diadema de las siete estrella, de Bram Stoker, el inmortal creador de Drácula.



De hecho, desde sus inicios, el cine o había desaprovechado su oportunidad de realizar algunos apuntes sobre el mito como el del gran George Méliès que juega en una de sus películas con una momia cuya venda no acaba nunca por desenredarse. Luego, al calor de las noticias provocadas por los hallazgos de la expedición de Carter,Ernest Lubitsch dirige una primera aproximación al mito con Los ojos de la momia Ra (Alemania, 1918), con el mítico actor germano Emil Jannings envuelto en el sudario; ambos volverán a coincidir en La mujer del faraón (1922), que significó una pequeña conmoción en su momento y cuyo éxito cimentó el prestigio de Lubitsch, facilitando su feliz fichaje por Hollywood.

La consagración de la momia como mito del fantástico se desarrollaría más tarde con una obra maestra La momia (1932), una nuevay celebrada entrega en la lista de célebres películas de terrorproducidas por la Universal. Sus “padres” fueron varios. El primero es el guionista, John L. Balderston, que antes lo había sido del Drácula de Tom Browning-Bela Lugosi, y que en este caso –en el que se adopta desde una óptica pagana, toda una mitología cristiana- se basaba en una ignota novelita de Nina Wilson y Richard Scheyer que, a su vez, estaba era una versión “diget´s” de la novela de Gautier.

El segundo fue el inquieto creador de la citada compañía, el productor Carl Laemmle jr. El tercero sería su director, el también fotógrafo expresionista germano Karl Freund, que había colaborado en el cine mudo con Wegener, Marnauy Lang, y que aquí contará con la colaboración de Charles Stumar en la creación de un ambiente que por sí mismo ofrece una intensa sensación de desasosiego; como director Freund será recordado también por otro título importante del fantástico: Las manos de Orlac (EEUU, 1935), con Peter Lorre...



El cuarto será el genial maquillador Jack Pierce, inmortal responsable de la Criatura del Frankestein, interpretada como todo el mundo sabe por el actor británico William Henry Pratt (1911-1969), justamente célebre como el insuperable Boris Karloff, el rostro y vértice de esta singular historia de una momia que vuelve a la vida por la combinación de la presencia de una mujer idéntica a la que amó varios milenios atrás. Auténtica recreación de lo que los surrealistas llamaban el “amour fou”, la conexión entre el pasado y el presente se establecen mediante las palabras pronunciadas por el arqueólogo Branwell Fletcher: “Este es el libro sagrado de Toth, en él que se encuentran las mágicas palabras por las que Isis alcanza a Osiris en el más allá. Estamos vivos. Viviremos otra vez. De variadas formas, volveremos”. Karloff es la vez un tenebroso guía egipcio actual, Ardan Bey, y el sacerdote In-Ho-tep, al que momificaban vivo en castigo por su atrevimiento al enamorarse de la princesa Anck-es-en-Amon, cuya tumba será profanada por la expedición de Fletcher cuya hija, Helen (Zita Joham), resulta idéntica a la princesa. El éxito de la película motivará tres secuelas, todas ellas prácticamente olvidadas.

El mito permanecería dormido durante dos décadas hasta que fue reanimado en color entre 1959 y 1971 por la Hammer, la indiscutible sucesora de la Universal en la exploración del fantástico. La primera –y la más notable- fue La momia,dirigida por el gran Terence Fisher con el habitual dúo compuesto por Peter Cushing y Christopher Lee como el personaje del sacerdote momificado, enamorado de la princesa encarnada por la subyugante Ivonne Furneaux, que también trabajaría en algún que otro peplum. El guión, escrito por el especialista de la Hammer, Jimmy Sangster, ofrecía ligeras variantes del original, simplemente, se limitó a escasos retoques que no afectaron para que Fisher, con la ayuda de la fotografía verdosa “putrefacta” de Jack Asher, consiguiera una de sus obras maestras, que si bien no obtuvo una buena acogida crítica en su momento ha resultado revalorizada con el tiempo. Es por lo tanto, una aportación con personalidad propia que recrea la idea del amor idealizado y maldito, capaz de traspasar las barreras impuestas por el inexorable paso del tiempo. El poder de la pasión es capaz incluso de doblegar a la misma muerte.
La Hammer aprovechara también esta veta abierta y producirá al menos dos secuelas con mayor entidad que las olvidadas y polvorientas de la Universal:La maldición de la tumba de la momia (1965) que fue dirigida por Michael Carreras, el “alma mater” de la Hammer, y El sudario de la momia (1967), con John Guilling detrás de la cámara. No fue hasta la tercera aportación que la saga ganará en interés. Resulta seruna adaptación de La diadema de las siete estrellas Stoker, el inmortal autor de Drácula, y aquí se llamó Sangre en la tumba de la momia (1971), que fue la última película de Seth Holt, responsable de algunos títulos de terror psicológico notables. Como no podía ser menos, se dijo que la “maldición” de Tutankhamón rondó los estudios, y Holt, que era un personaje un tanto turbulento, falleció antes de concluir el rodaje, y una enfermedad impidió que Peter Cushing fuera el protagonista y fue relevado por Andrew Keir.

Esta nueva incursión gótica cuenta la historia de una posesión mediante el citado rubí, detrás de la cual está la tumba de la princesa Tera. Unos años más tarde el cine británico volverá de manera inconfesa a la misma fuente literaria con El despertar (1979, Mike Newell), un film que goza de un cierto prestigio quizás por sus protagonistas (Charlton Heston, Susannah York), pero que sin embargo es muy inferior a la de Holt, ha tenido empero mucha más difusión.

La última adaptación del impresionante, efectuada ya en una clave tan postmodernaque recuerda más un video-juego que otra cosa, será The Mummy (1998, Stephen Sommers) en la que apenas se puede reconocer los trazos de la tradición gótica. En este caso el mito regresó como una componente más del neocine dominante actualmente en Hollywood, con una trama en la que toda la poesía y el misterio de sus ilustresantecesoras se sacrifica en aras del despliegue incesante de toda la parafernalia producida por la Industria Ligtht&Magic, y sazonadas con un toque al estilo de las desenfrenadas aventuras de Indiana Jones, con lo que se puede decir que, de momento, el mito se ha convertido en otra cosa que, eso sí, ha batido records de taquilla y también dio pie a secuela no menos indigesta. Claro que todavía pueden existir productos todavía más ínfimo, como es notablemente el caso de La sombra del faraón (1998, Russell Mulcahy),a la que ni tan siquiera la presencia de Christopher Lee logra aportar siquiera un hálito de espesor.



Otra popular variante esotérica de la egiptología sería la que trató de darrespuesta fuera de este mundo a todo lo que se ignoraba, o sea a los enigmas de una civilización sobre la que según los investigadores, apenas si se alcanza a saber un 25% de lo que realmente fue. De alguna manera, esta variante siempre estuvo presente, y fue de hecho la respuesta de la imaginación primitiva delante de una monumentalidad que les resultaba obviamente incomprensible. Los detalles y las anécdotas sobre dichas interpretaciones son un pozo de curiosidades y leyendas. Con la Ilustración, todo esto empezó a tomar sentido y medida. Se supo que lapirámide de Keops tiene un tamaño que fue calculado por los científicos que acompañaba a Napoleón a petición de éste. Concluyeron que en su totalidad era suficiente para construir alrededor de Francia una muralla de 3 metros de altura por 30 centímetros de ancho, algo para lo que hoy, con toda la tecnología existente, no existen medidas laborales factibles.

Entre otras cosas, esto significa que el Antiguo Egipto revela un grado de evolución en las aptitudes científicas y técnicas sobre las que todavía no existen explicaciones racionales. Parece pues natural que las mentes dadas a buscar interpretaciones “mágicas” (o extraterrestres), se afanaran, más que de indagar pacientemente, por establecer precipitadamente formulaciones más o menos extravagantes que, eso sí,tenían la virtud de sugestionar a los lectores. Así resulta que no son en absoluto extrañas las entidades, sobre todo anglosajonas, que invierten tiempo y medios financieros con estos objetivos, muchas veces relacionados con algunas variante religiosa o seudoreligiosa.

Esta rama sigue manteniendo un espacio en una literatura en la que lo místico y lo científico se amalgaman, y adquirió entre los años sesenta y setenta un eco inusitado, contando entre nosotros hasta con una colección propia, Otros mundos (nombre derivado de una famosa cita del poeta surrealista Paul Eluard según la cual “existen otros mundos pero están en éste”),en una editorial de prestigio como Plaza&Janés. Uno de sus principales “gurús” de esta “escuela”, el alemán Erich Von Dëniken logró que su libro Recuerdo del futuro fuese el primero en la lista de ventas de su país en 1969 (y que aquí era muy habitual encontrarlo por doquier), aunque actualmente se encuentra lo que se dicetotalmente desprestigiada.

Dicho éxito propició dos adaptaciones cinematográficasen clave documental basadas en sus obrasy que fueron estrenadas en nuestros cines de programas dobles en su momento. Ambas cayeron bajo la batuta del cineasta austriaco afincado en Alemania, Harald Reinl (1974,1977), un prolífico todoterreno. Las presuntas respuestas de Dëniken nos llevaban a las estrellas, a las conexiones extraterrestres, lo mismo que planteaba en TVE el entonces popular Dr. Jiménez del Oso, y con ligeras variantes otros autores igualmente celebrados como Peter Kolosimo, Louis Pauwels, Jacques Bergier o Andre Pochan. Este último es el responsable de todo un volumen sobre El enigma de las pirámides. En resumen: una escuela en la que todavía bebe nuestro famoso J.J. Benítez, y que tiene su representación filmada en la serie de TV Expediente X. Uno de los “enigmas” habituales de dicha escuela fueron las colosales estatuas de la Isla de Pascua, un “enigma” ya zanjado como se muestra con rigor en Rapa-nui (Kevin Reynolds, USA, 1994), y la respuesta pasa por el trabajo de multitudes, y por escenas en las que se puede percibir la presencia latente de la lucha de clases.

Una resonancia de estas hipótesis ha sido recogido en un popular título de ciencia ficción, Stargate (1994), uno de los menos execrables del también germano Roland Emmerich. Este producto ubicado en la ciencia-ficción, que obtuvo una importante acogida popular, describe someramente una sorprendente civilización en los confines del cosmos en la que la utilización de la más avanzada tecnología se imbrica con lo que parecen restos o antecedentes de un estereotipado e intemporal Egipto de los faraones. Dentro de una trama que no es nada del otro jueves, si resulta especialmente inquietante el sarcófago revitalizador en el que el “malo”,interpretado por el andrógino Jaye Davidson, merecido Oscar al Mejor Actor Secundario por Juego de lágrimas (Neil Jordan, Gran Bretaña, 1992),duerme como un vampiro, y despierta para dirigir a los guerreros de Ra, que luchan en representación de Anubis y Harus.El éxito de Stargate tuvo su recompensa con una serie de TV que trasladó a los hogares las imágenes de un antiguo Egipto situado en un lejano rincón del cosmos, algo que ya se había hecho entre otros, con Ulises y Hércules, lo que supone una forma más de trivialización con el que sustituir lecturas y reflexiones más sólidas y fehacientes.

(*) En un principio, este texto estaba pensado para un libro, El paso eterno. El cine y los imperios antiguos (en preparación en la editorial Libros de la Frontera, Barcelona) que se cñe estrictamente al cine que aborda temas de "la época", o sea en la antiguedad clásica.

Fuente: Kaos en la red

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